Este ensayo está dirigido a realizar un análisis sobre mis impresiones en mi visita a comunidades de la Española/Haití como parte del Proyecto de Intercambio y Enlace Comunitario Atlantea, entre Puerto Rico, Haití y República Dominicana realizado entre los días 17 y 26 de noviembre de 2006. Para efectos de mi análisis, quisiera referirme a un artículo del periódico dominicano Hoy, del día 30 de octubre de 2004, escrito por Francisco Álvarez, con título, “La presencia haitiana en el país”. No pretendo generalizar la opinión de Álvarez y extrapolarla, tal cual, como una representación esencialista del pensamiento dominicano. Mi intención es escindir el argumento “patriótico” de su discurso y explicar como sus planteamientos responden a una realidad que, de cierto modo, ha sido construida, de forma compartida y generalizada, como parte del proceso que, como explicaré más adelante, se trató de un proyecto político supeditado a la formación de la “identidad nacional dominicana”.
El artículo de Álvarez lee como sigue:
(…) en provincias del Nordeste, para no hablar del mismo centro del Cibao. Cada día que pasa oleadas de haitianos llegan a esas regiones (…).
Haití ya no es una nación sino un “conglomerado humano”, (…)
Somos dos países diametralmente opuestos. Hablamos distintos idiomas, y desde que el nunca bien depuesto (…) Aristide (…) dispuso que el “vudú” fuera la religión oficial de ese pueblo, la brecha que nos separaba se hizo más ancha.
(…), ¡hay que hacer algo para, primero, deportar de nuestro país a todo haitiano que se encuentre aquí de forma ilegal y, segundo, hacer lo que sea para que nuestra frontera sea impenetrable². (…)
Si no hacemos lo que digo, (…) dentro de 20 o 30 años no tendremos nación, no tendremos patria.
(…) ¿Por qué la mano de obra haitiana está sustituyendo a la dominicana? (…) [el otro culpable] el obrero dominicano que ha abandonado el campo para irse a la ciudad, y si no lo ha hecho se ha convertido en motonchista, trabajo suave, descansado, en el que no se suda y en el que se gana buen dinero, (…).
Si este gobierno y los que lo sucedan no toman las providencias necesarias para evitarlo, nuestros hijos y nietos estarán hablando “patois” en pocos años, asistiendo a las salvajes ceremonias del “vudú” y nuestra historia será borrada de un plumazo por los “nuevos ciudadanos”. (…)
En los planteamientos de Álvarez he identificado la conjugación de una serie de concepciones nacionalistas. Por ejemplo, tal como señala Leszek Kolakowski³, el nacionalista recurre a la agresión y al odio para “afirmar la existencia tribal”. Bauman explica como “pertenecer” a la nación, en el relato nacionalista, va más allá de las elecciones individuales o “proyectos de vida”. Factores como la “herencia biológica” o la “herencia cultural” determinan el estado del individuo.
El “nosotros” del credo patriótico/nacionalista significa gente como nosotros; “ellos” significa gente diferente de nosotros. No es que “seamos idénticos” en todos los aspectos; (…). El aspecto en el que todos somos iguales es decididamente más significativo que todo lo que nos distingue; (…) Y tampoco es que “ellos” difieran de “nosotros” en todos los aspectos, pero difieren en una aspecto que es más importante que todos los demás, que basta para impedir una postura común y para disolver cualquier posibilidad de solidaridad, a pesar de las semejanzas que nos acercan. (4)
Como parte del desarrollo de “nuestro” proyecto nacionalista es importante no sólo identificar las similitudes entre “nosotros”, sino testar las diferencias de “ellos”, los “otros”.
La anhelada, por Álvarez, impenetrabilidad de la frontera, y los métodos para establecerla, implican la ejecución de una de las denominadas, por Claude Lévi-Strauss(5), estrategias “antropoémicas” que implica <<“vomitar” y “expulsar” a “los que no merecen ser de los nuestros”>>. Álvarez sugiere, para estos fines, la deportación, la intervención militar y el constreñimiento a permanecer en la región de origen. La frontera representa la barrera de protección contra el contacto con el “otro”.
En el 1804, Haití se constituyó como la primera república negra. Wooding y Moseley-Williams explican que el racismo y la xenofobia en República Dominicana resultaron de los procesos políticos en el siglo XX, <<particularmente los acontecidos durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo entre 1930 y 1961>>(6) . El pro-hispanismo ha sido parte de la formación de la identidad nacional dominicana.
Hardt y Negri explican que <<el horror diseminado por la conquista y el colonialismo europeo es un horror al contacto, a las corrientes y los intercambios ilimitados, o, más precisamente, el horror al contagio, al mestizaje y a la vida ilimitada. La higiene requiere barreras protectoras. >> (7) El proyecto “civilizador” europeo tenía dos implicaciones: la justificación por la higiene que brinda y, por otra parte, el peligro del contagio. Ambas han sido perpetuadas en el pensamiento de las que fueron antiguas colonias europeas.
Proyectos como el de Trujillo son reflejo de como los pueblos pro-hispánicos han reproducido las denominadas barreras protectoras del proyecto colonizador. En el caso de República Dominicana, el punto de contacto/contagio es la frontera. Esto implicó el “deber” de salvaguardarla ya que es allí en el que sobrevienen los límites del “peligro” al intercambio.
El temor a la enfermedad y la corrupción se relacionan al valor del cuerpo como puesto de defensa. Bauman explica que <<el límite entre el cuerpo y el mundo exterior es una de las fronteras contemporáneas más vigiladas>>(8) . El cuerpo y la comunidad representan seguridad, protección y certidumbre. Es por esta razón que los focos de contagio han sido celosamente custodiados de los “otros”, porque el contacto de “nosotros” con “ellos” se traduce en “nuestra” posible contaminación.
Esta demarcación de la frontera pude percibirla en mi visita, sin embargo, también pude constatar que, a pesar de los posibles prejuicios, al parecer, la sociedad civil convive en aparente comunión, por lo que la llamada “dominicanización de la frontera” parecería ser más que un proyecto civil uno de carácter político. De hecho, me parece admirable como grupos y organizaciones civiles o religiosas se han encargado de velar por la protección de los derechos humanos, no solo en la frontera, sino también en otros aspectos relacionados al desarrollo integral de la sociedad. Estos velan por las necesidades de los grupos con programas enfocados en áreas como género, economía y salud. Los miembros de estas organizaciones se encarnan en la misión que representan.
Wooding y Moseley-Williams explican que en la República Dominicana, como en muchos otros lugares, el género y la clase, además de la raza, también son causas de discrimen. De hecho, reflexionemos sobre el artículo de Álvarez, éste responsabiliza al obrero dominicano de abandonar el campo en búsqueda de “trabajo suave”, como consecuencia, los haitianos han asumido las labores que éstos han abandonado. Según esta concepción el obrero dominicano (pobre) no debe abandonar su condición de trabajador de campo, debe ser a éste a quien correspondan los trabajos fuertes y no debe renegar de esto. Los reclamos de Álvarez no van dirigidos a los ejecutivos, o políticos, entre otros, que también realizan trabajos en los que no se “suda” y se gana “buen” dinero. Los reclamos van dirigidos hacia el dominicano pobre y sus “pretensiones”.
En mi visita tuve la oportunidad de percibir la paradójica condición de las sociedades contemporáneas en las que la brecha entre la riqueza y la pobreza es extrema. Como señalan Wooding y Moseley-Williams, República Dominicana <<establece marcas de crecimiento [refiriéndose al aspecto económico] para la región latinoamericana>>(9) . Sin embargo, las condiciones de pobreza trascienden las simples desigualdades económicas, se trata, en muchos casos, de la falta de medios económicos para sobrevivir.
Las poblaciones de estas comunidades conviven con otros grupos y, comparados con estos otros, sus posibilidades de “desarrollo” son asimétricas. Incluso, en determinado momento en el que tuvimos la oportunidad de integrarnos a la cotidianidad de la comunidad pude reflexionar sobre las condiciones de éstas en una sociedad que las “invisibiliza”. Según la propuesta de Jerzy Kociatkiewicz y Monika Kostera(10) estas comunidades podrían denominarse como “espacios vacíos”.
En esos lugares (…) nunca surge el tema de negociación de las diferencias: no hay con quién negociar. Podríamos decir que son los lugares “sobrantes” que quedan después de que se ha llevado a cabo la tarea de estructuración de los espacios que realmente importan: (…) Muchos, espacios vacíos no son simplemente desechos inevitables sino ingredientes necesarios de otro proceso: el de “mapear” el espacio compartido por muchos usuarios diferentes. (11)
Entre los aspectos a discutir como parte del debate de la situación de las comunidades en la Española/Haití, temas como el de la migración haitiana deberían ser vistos sin el cargado nacionalismo que ha sido parte del desarrollo de la identidad regional. Hay que desligarse de las concepciones producidas por una estrategia política que, por muchos años, recurrió a la xenofobia, al prejuicio y la discriminación para establecer las fronteras entre ambos países vecinos.
Por otra parte, las desigualdades no se traducen al estado de los pobladores haitianos en la República Dominicana; al otro lado de la frontera, y aún en los territorios sin fronteras como el nuestro, otra historia se insinúa: existe un vínculo entre la disimetría en las condiciones de vida y los procesos de discriminación racial, de clase y de género que, a su vez, ha propiciado y perpetuado el abuso de poder y la violación de derechos humanos entre los dominicanos, haitianos, puertorriqueños y todos los demás habitantes de nuestra aldea global. Al parecer, cuando los “otros” de “nosotros”, no comparten “nuestras” posibilidades, “ellos” estarán y permanecerán en desventaja, con o sin fronteras.
NOTAS
1 <<Los dominicanos llaman “Española” a la isla y “Quisqueya” a su país. Para los haitianos, “Haití” es tanto el nombre de la isla como del país, refiriéndose a la República Dominicana como “Nanpanyól” o “Dominicana”.>> (Wooding, B. y Moseley-Williams, R. , p. 19).
2 El énfasis es mío. (D. Ortiz)
3 Citado por Bauman, p. 185.
4 Bauman, p. 187.
5 Citado por Bauman, pp. 186-187.
6 Wooding y Moseley-Williams, p. 19
7 Hardt y Negri, p. 154.
8 Bauman, p. 194.
9 Ibíd., p. 27.
10 Citado por Bauman, pp. 111.
11 Ibíd., p. 112.
REFERENCIAS
Alvarez, F. (30 de octubre de 2004). “La presencia haitiana en el país”, Hoy. República Dominicana: Periódico Hoy.
Bauman, Z. (2002). Modernidad Líquida. Argentina. Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A.
Hardt, M. y Negri, A. (2005). Imperio. Barcelona, España: Editorial Paidós.
Weyland, K. (2005). “Género y transnacionalismo en la encrucijada de agendas locales y globales: De Nueva York a Villa Mella”, Miradas desencadenantes. Los estudios de género en la República Dominicana al inicio del tercer milenio. República Dominicana, Centros de Estudios de Género, INTEC: Editorial Letra Gráfica.
Wooding, B. y Moseley-Williams, R. (2004). Inmigrantes haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana en la República Dominicana. República Dominicana: Cooperación Internacional para el Desarrollo (CID) y el Servicio Jesuita a Refugiados y Migrantes (SJR).
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